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La ira es una emoción común que está muy relacionada con la agresividad. La ira y la agresividad forman parte de la llamada respuesta de ataque o huida, una reacción instaurada por la naturaleza para ayudarnos a sobrevivir, que suele desencadenarse por la percepción de que estamos siendo amenazados en la consecución de un objetivo determinado. Podemos considerar que existe una ira sana que puede ayudarnos a detectar y resolver problemas, a luchar para conseguir nuestras metas y a eliminar o superar los obstáculos que nos impiden alcanzarlas. Esa forma de ira nos resulta beneficiosa a corto y a largo plazo. Pero, igual que ocurre con otras emociones, la ira se convierte en un problema cuando la experimentamos en forma excesiva, demasiado intensa o sin control sobre ella. En estas ocasiones, la ira excesiva dificulta o impide percibir serenamente la situación, considerar otras opciones de respuesta y elegir la que más nos conviene. Se convierte en “un árbol que no nos deja ver el bosque”. Es decir, nos impide captar otros sentimientos, deseos, necesidades y posibilidades de respuesta. Si queremos aprender a manejar la ira para mantenerla en niveles deseables, tendremos que aprender a detectar y cambiar los pensamientos y comportamientos irracionales relacionados con ella. Poco a poco, este proceso se convertirá en un hábito que se llevará a cabo automáticamente y que nos ayudará a responder adecuadamente en situaciones en las que antes no éramos capaces de hacerlo.
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