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En general cuesta admitir a las personas que son diferentes entre la mayoría. Por eso, las personas que son muy sensibles crecen con la idea de que son raras, débiles o cursis. Es fácil confundir debilidad o sensiblería con sensibilidad y esta confusión puede crear un complejo de inferioridad. En general, las personas muy sensibles se avergüenzan de su intensidad emocional y se consideran muy vulnerables. Viven su sensibilidad como un fallo que les lleva a sufrir más que a la mayoría. Sin embargo, la hipersensibilidad es algo que tiene mucho más que ver con la sobreestimulación sensitiva que con el desborde de emociones. La persona que es muy sensible tiene sus sentidos más despiertos y esto implica una mayor capacidad para experimentar la vida, tanto de lo bueno como de lo malo. Cuando tiene pensamientos o sensaciones inquietantes, experimenta una sobreactivación de su sistema nervioso, que no es temor ni angustia, sino una respuesta natural de su organismo al estrés. Sobreactivarse ante la estimulación es la forma de reaccionar de las personas sensibles. Por eso tienen la sensación de que todo les afecta demasiado. Pero es posible sacarle un enorme partido a la sensibilidad, es decir, es posible aprender a manejarla, tanto por nuestro bien como por el de los demás. Tener una mirada diferente de la propia sensibilidad puede transformarla en una oportunidad única para el aprendizaje.
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